Luego de muchos años en el circuito alternativo, esta cerveza sentó domicilio. Se comercializa tirada en sus cinco estilos: rubia, roja, stout, Púrpura Americana y Doble Gringa.
Y un día cerveza Clandestina pasó a la legalidad. Fueron años de prueba y error, de mucho merodear por circuitos alternativos. La bebieron en centros culturales y eventos teatrales, la probaron también los hombres del rock en recitales de escasa trascendencia. En tiempos de marketing furioso, su método de promoción fue el boca a boca. Hasta que, hace dos meses, Diego Noirat y Carolina Perrotta -sus creadores- decidieron abrir un bar en Palermo -Uriarte 1838- y darle domicilio a una cerveza que hasta el momento tenía una fuerte identidad, pero era difícil de ser localizada.
La tarde invernal recién empieza en este barrio de Palermo al que Borges inmortalizó en sus orilleros de cuchillo a la cintura, y que hoy en día carga con los extraños motes de Soho y Hollywood. El hogar empieza a humear. Del otro lado de la mesa espera la historia de una cerveza que, como tantas otras, tiene un inicio basado en el juego y un final centrado en la pasión y el negocio.
Cuenta Diego Noirat que todo comenzó como un divertimento junto con tres compañeros de la oficina. Corría el año 2000 y el hombre en cuestión, diseñador gráfico, bajó algunas recetas de internet para hacer su primer gran intento. «La verdad es que salieron mal. Las hacíamos en casa, con una olla de comedor comunitario. Todo lo armamos nosotros. Las hacíamos, pero luego no las podíamos tomar», recuerda.
Y como suele ocurrir, fue en un viaje a Europa adonde este descendiente de alemanes hizo su introducción al mundo de la cerveza artesanal. En la tierra de los abuelos se le clavó el aguijón cervecero y ya nunca más pudo volver a quitárselo. Un año después, en medio del colapso nacional, empezó su aventura. «La opción era irse o quedarse para hacer algo acá. Y me quedé. Empecé a vender la cerveza en bares y centros culturales, con la gente de teatro y también en recitales», explica.
Cerveza Clandestina no sólo era artesanal en su elaboración, también el embotellamiento, etiquetado y puesta de tapas era a mano. «Todo era muy naif», dice Diego, quien echó mano de un trozo de pliego que le sobró a un cliente y con dos tintas realizó, oficio mediante, las primeras etiquetas que representaban la libertad, luciendo en sus manos las rotas cadenas.
Los cinco estilos
En la actualidad cerveza Clandestina se comercializa tirada en el bar de la calle Uriarte. Es allí adonde pueden tomarse los tres estilos básicos: Rubia (Golden Ale), Roja (Red Bitter) y Stout, todas con 6 grados de alcohol. Además, en su afán por crear, Diego elaboró la denominada Púrpura Americana (hecha en base a maíz morado) y Doble Gringa (una rubia fuerte), ambas con una graduación alcohólica de 8 a 10.
Reticente a elaborar algunos estilos de cerveza, los dos saben que la demanda tarde o temprano les torcerá el brazo. «Por ahora no pienso fabricar cervezas frutales, no hasta que vuelva a embotellar. Pero si la gente la pide, tendré que hacerlo. Mi proyecto ahora es hacer una picante y seguir ensayando con cereales», resalta el maestro cervecero. En el local no sólo se comercializa cerveza Clandestina, sino que el cliente también tiene opciones como Guiness, Stella Artois, Negra Modelo y Grolsh, entre otras.
Aunque ya establecida en el mercado, esta cerveza todavía tiene la impronta de lo hecho a pulmón. Por ahora elaboran 800 litros mensuales, los cuales se comercializan íntegramente en el bar. «Todo esto lo armamos nosotros -cuenta Diego, abarcando con un gesto las instalaciones del brewpub con capacidad para 50 personas bajo techo, más un patio que se abrirá en verano-. El 17 de marzo empezamos a trabajar y abrimos el 13 de mayo. Compramos distintos elementos en los remates, incluso los tanques». También él se las ingenió para adaptar una olla de 200 litros con termostato.
En el caso de cerveza Clandestina, ni el músculo duerme ni la ambición descansa. El trabajo en el bar es a destajo y el objetivo bastante claro: «Queremos tener una fábrica de cerveza». El camino hacia la concreción del sueño es sinuoso y plagado de obstáculos. «El problema en Buenos Aires es que la legislación es muy dura para abrir una fábrica. Por eso decidimos armar primero el bar, sin renunciar a la idea principal».
En un país con escasas líneas de crédito para la producción y donde el financiamiento, en muchos casos, linda con la magia, el sueño de la fábrica propia no será sencillo de plasmar. Pero uno vuelve a mirar en la etiqueta a la mujer alada de rotas cadenas y se da cuenta de que en esas ollas de 200 litros no sólo se elabora cerveza, también se cocina una utopía a fuego lento. De eso se trata esta historia.